De foodie a foodie: Bouet, mi mejor viaje a la fusión asiático-mediterránea

Mi primera experiencia en “El Bouet”, como antes se llamaba, me sorprendió gratamente ya que, a pesar del tamaño de su diminuta cocina, pude disfrutar de una cena maravillosa. Cuando terminamos de cenar y ya habíamos sobrepasado la madrugada, estuve hablando un rato con Tono, su chef, y me demostró que tenía un grandísimo potencial en el mundo de la gastronomía.

Mis siguientes experiencias siempre fueron igual de buenas hasta que, a los pocos meses, Tono y César, el otro artífice de Bouet, anunciaron que cerraban el antiguo y pequeño restaurante de Ruzafa para embarcarse en una nueva aventura en un espacio mucho más grande situado en la Gran Vía, que empezaron de cero de la mano del arquitecto valenciano Ramón Esteve.

Fui vigilando con ganas la evolución de las obras, viendo a través de las fotos que subían a sus nuevas redes cada pared, cada viga y la construcción de la cocina. Con cada paso que iban dando sabía que el nuevo Bouet iba a ser un grandísimo éxito. Y creo que desde mi primera vez acerté de pleno. De hecho, se podría decir que “El Bouet” ha pasado de ser un “adolescente revoltoso”, más joven y sin miedos, a convertirse en “Bouet”, un “gastrónomo adulto”, con las ideas mucho más nítidas y una clara apuesta por la alta cocina para (casi) todos los bolsillos.

     Vistas a la cocina de Bouet desde la sala. Foto de Bouet Restaurant

La noche que hoy os cuento tenía una visita muy especial y elegí Bouet porque sabía que era una apuesta segura. El local es, sin duda, espectacular: una gran barra preside la entrada, a la que siguen la cocina, completamente a la vista, y una gran sala con mesas de mármol, paredes de ladrillo y detalles decorativos en cristal y colores blanco y negro.

Éramos 4. Comenzamos la cena con dos de las mejores y más especiales combinaciones de la carta, que son pura mezcla de sabores que estallan en el paladar: la causa de calamar con huancaina y el mullador de conserva casera de tomate, con queso feta y capellán. Para mí ambos platos ya son imprescindibles.

   Mullador de conserva casera de tomate, queso feta y capellán

También probamos el figatell de calamar de playa con majada de dátiles y almendras y la croqueta del día, que en esta ocasión era de carne asada. Al tratarse de platos más clásicos y comunes, son correctos pero menos especiales.

Figatell de calamar de playa con majada de dátiles y almendras

Continuamos con los segundos platos: curry verde con pollo y brócoli, acompañado de arroz jazmín, y garreta de ternera glaseada con puré de patata y apio fresco. Ni un solo fallo; de hecho, solo tengo una palabra para describirlos: IMPRESIONANTES.

Curry verde con pollo y brócoli

Garreta de ternera glaseada con puré de patata y apio fresco

Y, por supuesto, no nos pudimos resistir a los postres… Probamos el tiramisú crocante con merengue de café y el pan y chocolate con helado de mantecado (y salsa de chocolate), mi favorito sin lugar a dudas.

 Tiramisú crocante con merengue de café

   Pan y chocolate con helado de mantecado

Con este recuerdo, aunque no tan lejano, ¡ya tengo ganas de volver! ¿Cuál será mi siguiente experiencia? El año que viene te la cuento 😉 ¡Felices foodie-fiestas!

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